Entretenimiento
Por Andrés Calderón
28 de Octubre de 2011

El pedido –y aparente éxito– del Ministerio de Cultura para que se otorguen mejores horarios a Las malas intenciones por ser una película nacional (como si ése fuera un criterio válido para la programación cinematográfica) estuvo en varios medios durante los últimos días. Efectivamente, tuve dificultad para encontrar un horario atractivo el domingo pasado para ver dicha película, pero el esfuerzo valió la pena, pese a que mis expectativas eran reducidas.
Probablemente Las malas intenciones no haya convocado suficiente atención del público, y por tanto no haya tenido un horario de exhibición favorable, dado que se trata de una película difícil de publicitar. La historia de una niña solitaria, perteneciente a una familia acomodada limeña, en los comienzos del terrorismo, no parece traer algo particularmente atractivo, ni mucho menos novedoso. Precisamente, ahí se encuentra la dificultad de promocionar esta película, en la dificultad de exponer a cabalidad en un trailer la principal virtud del largometraje: La complejidad de un personaje tan desconocido como real, como simple. No hay una historia por contar, hay un personaje por describir.
La simpleza de una niña solitaria de 8 años, en un hogar de padres separados y que carece de suficiente atención, es convertida en complejidad gracias a Cayetana, grata y sorprendentemente interpretada por Fátima Buntinx, que se erige con seguridad como el aspecto más resaltante de la película. El personaje de Cayetana oscila entre los juegos inocentes con su prima, la imaginación de héroes históricos como Grau, Olaya y Bolognesi, y monólogos que reflejan su soledad, así como finalmente las “malas intenciones” de las que son víctimas una empleada del hogar y eventuales mascotas, provocadas por un resentimiento hacia su madre, que pasó mucho tiempo lejos de ella y que ahora tendrá un nuevo hijo, que ocasionará que Cayetana desaparezca aún más, que “muera”.
La virtud de la interpretación de Buntinx recae entonces en la habilidad para no dejar que prevalezca alguna de estas características y evitar una etiqueta que rece “niña descuidada”, “niña celosa” o, peor aún, “niña perturbada” y más bien logra mostrar un abanico de sentimientos y expresiones que pueden surgir de una niña cualquiera, que ha crecido en un ambiente real y familiar para muchos.
Los demás interlocutores se extravían en el contexto humano del personaje central, sin mayores interpretaciones que destacar, salvo la de su chofer, cuya sensibilidad y parlamentos permiten encontrar otro personaje que despierta curiosidad, aspecto que no se logra vislumbrar en las actuaciones de Katerina D’onofrio, Jean Paul Strauss y Paul Vega, madre, padre y padrastro respectivos de Cayetana. Estos personajes inconclusos, algo insípidos, ayudan a tomar mayor conciencia del personaje central de la historia, pero a la vez impiden forjar una historia más atractiva que escape a la descripción de dicho personaje.
Sin embargo, las constantes imágenes vinculadas al terrorismo, la hoz y el martillo de fuego casi ignorados por el padre de Cayetana, los apagones, los perros muertos colgados en la calle y simultáneos a la frase la abuela de Cayetana “no puedes pretender que no pasa nada” refiriéndose a un tema totalmente distinto y meramente familiar, darían la impresión de una historia por narrar, un paralelo. Cuando menos un mensaje que destaque la indolencia de una familia adinerada con un fenómeno social de gravedad. Pero si éste era el objetivo, falla rotundamente el guión y cae en el repetitivo argumento social-histórico del “Perú de la década de los ochenta”. Las imágenes y frases utilizadas no pasan de detalles percibibles que no dejan nada más a la audiencia.
De modo similar, la presencia de los héroes no representa una adición relevante y cualquier vínculo con un mensaje histórico es fallido. Sí, en cambio, muestran a una niña interesada en un tema particular y que interactúa con personajes ficticios que comprenden su esfera interna y posterior razonamiento. En esta idea, eran sustituibles entre sí un hada, un fauno o un objeto inanimado.
Positivos comentarios merece la fotografía e iluminación de la película que juega con tonalidades sepia y sub-expuestos, así como la claridad que anuncia la llegada de sus héroes. Es positivo también el acompañamiento musical a cargo de Patrick Kirst, que incluye boleros lúdicos de ritmos melancólicos que combina bien con las dimensiones de Cayetana.
El principal mérito del primer largometraje de Rosario García-Montero radica en la dirección, al presentar un personaje principal impecablemente interpretado por Fátima Buntinx. El principal defecto sería el de un guión inconcluso, o tal vez, que quiso mostrar más de lo que en verdad mostró.

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doy merito a el personaje del chofer y me encanta el personaje de la Muerte, interpretada por la mamacha que le ofrece la el vaso con leche a Cayetana.... grandes!!!!
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